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Ayer salí por fin de casa, después de varias semanas de encierro. Primero porque mi hija menor estaba mal, diente nuevo; después por mucho trabajo; finalmente porque la segunda hija estaba con bronconeumonía.
En fin, libertad condicional por 2 horas y media. Eran las 5 de la tarde y lloviznaba, o mejor dicho chilchaba, afuera todo en penumbras casi invernales, nubes pesadas. Había muy poca gente por la calle. Caminé las 7 cuadras que me separaban de la escuela primaria de Camisano Vicentino, donde se iba a realizar el encuentro. Se trataba del primer día de apertura de una "ventanilla" para ofrecer intercambios de saberes entre inmigrados y gente del lugar. Estábamos Mariano, Francesca y yo.
Mariano es un profesor de preadolescentes, de apoyo para situaciones delicadas: niños con retraso mental, problemas de aprendizaje. 50 años, alto, cabellos largos y enrulados, rubio, ojos claros, manos fuertes, abrazo cálido. Es el único italiano que me ha llamado bruja, obviamente no en el sentido de bruja mala.
Francesca es una chica joven, de unos 24 años, que trabaja en el sector social, en cooperación para el desarrollo. Es más bien extraña, pues a pesar de sus buenas intenciones no me parece que inspire mucha confianza. Mientras habla no mueve mucho los músculos faciales, es más, no se le borra una expresión de amargura y algo parecido a ganas de no involucrarse. Extraño asunto. Las arrugas cerca de su boca son muy marcadas. Habla dentro de su boca. Es una mujer que definitivamente se contiene, quiere dar mucho a los demás pero no se da a sí misma. No se da.
Pronto llegaron dos personas. Mihaela, una rumena con su hija de 3 años, que se ofrecía para ayudar en matemáticas a niños de hasta 8 años y dar una mano a padres y niños para aprender a estudiar. Entre otras cosas, porque hablamos por mucho tiempo y salieron a flote un millón de ideas, como el encuentro entre padres para hablar de las dichas y los dolores de acompañar a los hijos a que hagan sus tareas, o los comentarios sobre los knit-cafés, ya que ella teje maravillosamente... También apareció Vittorino, un señor con un manuscrito bajo el brazo, que quería ver si le ayudábamos a conseguir un editor o si se podía organizar un reading. Ofrecía enseñar a escribir, armar tramas y otros trucos del oficio. Yo no hablé con él, sino Francesca, pero ya le dije que si vuelve a buscarla que me lo mande, me gustaría mucho organizar alguna actividad cultural/literaria en el pueblo.
A un cierto punto se movió todo, parecía que llegaba un vendaval. La puerta se abrió y cerró estruendorosa, apareció una señora delgada que supongo trabajaba en la escuela, hizo preguntas, caminó de aquí para allá, llevó llaves, abrió puertas, recorrió rollos de papeles, hizo más preguntas, se fue, volvió, sacó unos maletines, los puso en otra aula, se despidió y de carrera se fue. Todo lo hizo de carrera. ¡Qué agitación! Me cansé de sólo verla tan frenética.
Llegó Pippo, un amigo que fue presidente del comité de padres de familia por varios años. Llegó otra señora y nos felicitó por la iniciativa. La inauguración se hizo la semana pasada, pero ahora es cuando comenzamos a ver si la cosa funciona. A ver.
Salimos con calma a las 7. Me despedí, hice algunas compras en el supermercado frente a la escuela y volví a casa. La gente volvía del trabajo, había más tráfico. Hacía más frío, pero yo estaba más caliente. Más cálida, sin duda.
En fin, libertad condicional por 2 horas y media. Eran las 5 de la tarde y lloviznaba, o mejor dicho chilchaba, afuera todo en penumbras casi invernales, nubes pesadas. Había muy poca gente por la calle. Caminé las 7 cuadras que me separaban de la escuela primaria de Camisano Vicentino, donde se iba a realizar el encuentro. Se trataba del primer día de apertura de una "ventanilla" para ofrecer intercambios de saberes entre inmigrados y gente del lugar. Estábamos Mariano, Francesca y yo.
Mariano es un profesor de preadolescentes, de apoyo para situaciones delicadas: niños con retraso mental, problemas de aprendizaje. 50 años, alto, cabellos largos y enrulados, rubio, ojos claros, manos fuertes, abrazo cálido. Es el único italiano que me ha llamado bruja, obviamente no en el sentido de bruja mala.
Francesca es una chica joven, de unos 24 años, que trabaja en el sector social, en cooperación para el desarrollo. Es más bien extraña, pues a pesar de sus buenas intenciones no me parece que inspire mucha confianza. Mientras habla no mueve mucho los músculos faciales, es más, no se le borra una expresión de amargura y algo parecido a ganas de no involucrarse. Extraño asunto. Las arrugas cerca de su boca son muy marcadas. Habla dentro de su boca. Es una mujer que definitivamente se contiene, quiere dar mucho a los demás pero no se da a sí misma. No se da.
Pronto llegaron dos personas. Mihaela, una rumena con su hija de 3 años, que se ofrecía para ayudar en matemáticas a niños de hasta 8 años y dar una mano a padres y niños para aprender a estudiar. Entre otras cosas, porque hablamos por mucho tiempo y salieron a flote un millón de ideas, como el encuentro entre padres para hablar de las dichas y los dolores de acompañar a los hijos a que hagan sus tareas, o los comentarios sobre los knit-cafés, ya que ella teje maravillosamente... También apareció Vittorino, un señor con un manuscrito bajo el brazo, que quería ver si le ayudábamos a conseguir un editor o si se podía organizar un reading. Ofrecía enseñar a escribir, armar tramas y otros trucos del oficio. Yo no hablé con él, sino Francesca, pero ya le dije que si vuelve a buscarla que me lo mande, me gustaría mucho organizar alguna actividad cultural/literaria en el pueblo.
A un cierto punto se movió todo, parecía que llegaba un vendaval. La puerta se abrió y cerró estruendorosa, apareció una señora delgada que supongo trabajaba en la escuela, hizo preguntas, caminó de aquí para allá, llevó llaves, abrió puertas, recorrió rollos de papeles, hizo más preguntas, se fue, volvió, sacó unos maletines, los puso en otra aula, se despidió y de carrera se fue. Todo lo hizo de carrera. ¡Qué agitación! Me cansé de sólo verla tan frenética.
Llegó Pippo, un amigo que fue presidente del comité de padres de familia por varios años. Llegó otra señora y nos felicitó por la iniciativa. La inauguración se hizo la semana pasada, pero ahora es cuando comenzamos a ver si la cosa funciona. A ver.
Salimos con calma a las 7. Me despedí, hice algunas compras en el supermercado frente a la escuela y volví a casa. La gente volvía del trabajo, había más tráfico. Hacía más frío, pero yo estaba más caliente. Más cálida, sin duda.
Etiquetas: Italia cotidiana

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